Libros Recomendados

A PASO DE CANGREJO Por Umberto Eco-(Debate)-Trad.: María Pons Irazazábal-398 páginas-($ 49)

La caída del Muro y del totalitarismo comunista, la extensión de la democracia y el triunfo del liberalismo, el desarrollo económico y el progreso de la ciencia y la técnica invitaban a contemplar, como plausible, la hipótesis de Isaiah Berlin según la cual el hombre podía entrar en la Edad de la Razón, como él la denominaba. Pero la realidad muestra lo contrario. Muestra un presente marcado por el terrorismo, la exacerbación de determinados conflictos, el populismo, el retroceso de la democracia, el renacimiento étnico, el fundamentalismo religioso e ideológico. Ni el desarrollo económico ni el progreso científico y tecnológico han sido capaces de superar ciertas fronteras. Nada es como se pensaba que podía ser. En un mundo así, hay quienes afirman, como Umberto Eco en su último libro, que "avanzamos hacia atrás". Como los cangrejos.

Vida líquida (Paidós, 2006), Zygmunt Bauman

Filosofía finamente gasificada Por MARIANO DORR Desde hace algunos años, con Zygmunt Bauman está ocurriendo algo extraño: nos sentimos familiarizados con él. Sus libros aparecen cada vez con mayor rapidez en las mesas de “novedades” de las librerías. Y no caben dudas: se venden bien. Esto es todo un problema, porque Bauman, en sus textos, no hace otra cosa que reflexionar sobre las consecuencias de la modernización, y especialmente sobre la “cruel y despiadada” lógica del consumo, o como él mismo prefiere denominar a los tiempos que corren: la modernidad líquida. Probablemente, el hecho de convertirse en un fenómeno de ventas a escala mundial, antes que contradecir al propio Bauman, le da la razón. A fin de cuentas: “Todos los seres humanos son y siempre han sido consumidores, y el interés humano por consumir no es nuevo. Precede, sin duda, a la llegada de la versión líquida de la modernidad”. Todos consumimos, es cierto, y desde siempre. El hombre desea, por naturaleza, consumir. Pero, ¿qué implica, para Bauman, el consumo? “El síndrome consumista –subraya– exalta la rapidez, el exceso y el desperdicio.” El destino obligado de todo objeto de consumo (aun cuando se trate de vidas humanas) no es otro que el “vertedero”, el tacho de la basura. Pasada la fecha de caducidad (o incluso antes), no queda otro remedio que deshacerse de él (regla de oro de la vida moderna líquida: la breve vida útil de las cosas). Pero, entonces, ¿qué haremos con Bauman y sus libros? En Vida líquida (Paidós, 2006), a propósito de la gestión cultural y sus modernas características “líquidas”, Bauman recuerda una ingeniosa definición de best seller: “Libro que logró un elevado nivel de ventas simplemente porque se vendió bien”. Seríamos injustos con Bauman si lo enmarcáramos en esta clase de libros. De hecho, quizás haya en Vida líquida una clave para entender por qué tantos libros para un solo diagnóstico (aun cuando la lógica del consumo ponga en entredicho su propio trabajo). Bauman escribe como quien arroja “una botella al mar”, con un mensaje de esperanza. ¿Qué nos queda en la era de la globalización y de los seres humanos residuales? Una “metaesperanza”, escribe: “La esperanza que hace posible todas las esperanzas”. En el último capítulo del libro –“Pensar en tiempos oscuros (volver a Arendt y Adorno)”–, señala que la propia obra de Adorno es un mensaje en una botella y, como tal, “una prueba del carácter pasajero de la frustración y de la naturaleza temporal de la esperanza, de la indestructibilidad de las posibilidades, y de la debilidad de las adversidades que impiden que aquéllas –las viejas promesas– se hagan realidad” (las bastardillas son de Bauman). Si no fuera así, no se arrojarían botellas al mar. No se escribiría. Y Bauman, con 81 años (nació en Polonia, en 1925), sigue arrojando libros. ¿Por qué, entonces, nos es familiar? Porque si sus libros vendidos le dan la razón, nuestra propia vida (signada por la liquidez moderna), también. Leer a Bauman es –por momentos– la constatación de la lógica de los acontecimientos que rigen nuestra propia vida moderna y sus avatares. Una sociedad moderna líquida es “aquella en que las condiciones de actuación de sus miembros cambian antes de que las formas de actuar se consoliden en unos hábitos y en unas rutinas determinadas”. La vida líquida se caracteriza por la precariedad y la incertidumbre, “el temor a que nos tomen desprevenidos, a que no podamos seguir el ritmo de unos acontecimientos que se mueven con gran rapidez, a que nos quedemos rezagados”, escribe Bauman. La vida líquida nos obliga a recomenzar siempre, enfrentado el trauma de estar, otra vez, en cero (nuevos comienzos que son, además, dolorosos finales, cada vez más apresurados). El único modo de continuar (sin ser eliminado como en el juego de las sillas) es deshacernos de aquello que (imprescindible ayer) se ha vuelto, ahora, inútil: “Entre las artes del vivir moderno líquido y las habilidades para practicarlas, saber librarse de las cosas prima sobre saber adquirirlas”. Modernizarse es sinónimo de cambiar una cosa obsoleta por otra “nueva”, pero no hay cambio ni modernización sin desperdicios. Según Bauman, la supervivencia y el bienestar de los miembros de la sociedad moderna líquida “dependen de la rapidez con la que los productos quedan relegados a meros desperdicios y de la velocidad y eficiencia con la que éstos se eliminan”. La industria de eliminación de residuos se convierte en un sector fundamental (si no el más importante) de la economía. Incluso en nuestra vida privada, amorosa, el principal problema no consiste en cómo iniciar una relación sino en cómo terminarla, cómo deshacerme de él o de ella, una vez que el amor se fue (siempre tan rápido). Lo que importa no es la duración; únicamente la velocidad. Bauman nos lo recuerda en un epígrafe, citando a Emerson: “Cuando patinamos sobre hielo quebradizo, nuestra seguridad depende de nuestra velocidad”, otra vez, como en el juego de las sillas. Pero, por más veloces que podamos ser, nada nos garantiza que, en la próxima ronda (que se juega ahora mismo), no se nos adelanten y pasemos entonces al grupo de los eliminados; los que ya no tienen más oportunidad y observan desde afuera cómo se les niega el acceso a lo más elemental. Los eliminados constituyen lo que Bauman llama “la infraclase”: “La infraclase global podría considerarse un desecho producido por una solución saturada de sustancias solubles de las que aquélla no es más que una condensación sólida. La mencionada solución es la sociedad individualizada a la que todos pertenecemos”. “Los miembros de la sociedad –explica Bauman– buscan desesperadamente su ‘individualidad’, ser un individuo. Esto es, ser diferente a todos los demás. Sin embargo, si en la sociedad ser un individuo es un deber, los miembros de dicha sociedad son cualquier cosa menos individuos, distintos o únicos.” Ser un individuo, entonces, significa ser idéntico a todos los demás. Y si la individualidad pretende ser el rasgo que nos hace autónomos, libres, parece que no nos permite diferenciarnos, a menos que asumamos las terribles consecuencias de no pertenecer a la sociedad individualizada. Los marginados del progreso económico son la escoria, los humillados, aquellos que no están en condiciones de elegir, relegados a la condición de residuos humanos: “Si se les pidiera a esas personas que relatasen los progresos de su individualización o que reflexionaran sobre ella a modo de deber o tarea, probablemente se tomarían esa petición como una broma cruel y de mal gusto. Si intentaran comprender lo que significa el extraño término individualidad, difícilmente podrían adscribirlo a nada en su experiencia vital que no fuera la agonía de la soledad, el abandono, la ausencia de un hogar, la hostilidad de los vecinos, la desaparición de amigos en los que se puede confiar y con cuya ayuda se puede contar, y la prohibición de entrada en lugares que a otros seres humanos se les permite recorrer, admirar y disfrutar a su voluntad”. Ya es demasiado tarde, como señala Bauman, necesitaríamos, no uno sino tres planetas –iguales al nuestro– para mantener a todos los seres humanos con el mismo nivel de confort que el ciudadano norteamericano medio. Entonces, ¿no serán, los excluidos, los desplazados (la abrumadora mayoría), condición sine qua non de la “individualidad” de unos pocos? En este sentido, ser un individuo es un privilegio. EL NIÑO CONSUMISTA En la era de la modernidad líquida, la distinción entre sujeto y objeto cedió su espacio (inevitablemente) a la de “consumidor” y “objeto de consumo”. Y así como todo sujeto corre peligro de ser tomado como objeto (por otro sujeto), todo consumidor corre el riesgo de convertirse en objeto de consumo (por otro consumidor). El homo eligens (el hombre elector –no el que realmente elige–) es “un yo permanentemente impermanente, completamente incompleto, definidamente indefinido y auténticamente inauténtico”, aquel que, ante un problema, no dudará en buscar su solución en un centro comercial (o en varios); única forma de encontrar consuelo en la vida líquida. Eterno insatisfecho, el homo eligens busca la felicidad como el motivo principal de su existencia pero no puede hallarla (la felicidad no es ni será nunca un objeto de consumo): “La infelicidad resultante añade motivación y vigor a una política de la vida de claros tintes egocéntricos; su efecto último es la perpetuación de la liquidez de la vida”, escribe Bauman. Es decir, el homo eligens, frustrado, insiste (y lo hará hasta el final de su crédito bancario). Esta vez, probablemente, en un shopping. El arte del marketing –según Bauman– consiste en impedir que los deseos de los consumidores se vean completamente realizados. La insatisfacción asegura que los ciudadanos del moderno mundo líquido no dejemos de explorar, hasta la obsesión, cada comercio, en busca de quién sabe qué objeto que nos identifique (y si está a la moda, mucho mejor). ¿Y los hijos? ¿Es cierto que llegan con un pan debajo del brazo? Bauman no estaría de acuerdo: “Tener hijos cuesta dinero, mucho dinero”, y agrega: “A diferencia de tiempos pasados, el niño o la niña es hoy un consumidor puro y simple que no produce aportación alguna a los ingresos del hogar”. Niños y niñas, aun antes de aprender a leer, se comportan como perfectos consumidores. Conscientes de que “necesitan” determinados productos –en venta–, “se sienten inadecuados, deficientes y de inferior calidad si no responden con rapidez a la llamada” de los expertos en marketing infantil. Una empresa inglesa de investigación de mercados (a propósito del uso de cosméticos por parte de niñas de entre 7 y 14 años) sugirió, entre otras medidas, “la instalación de máquinas expendedoras de cosméticos en los centros educativos y los cines”. Indignado, Bauman recuerda que, algún día, los niños fueron considerados “el futuro de la nación”. Pero –ironiza–, si el crecimiento de la nación se mide hoy por el PBI, “es mejor que los niños empiecen pronto (si puede ser, desde el momento mismo de su venida al mundo) a prepararse para el rol de compradores/consumidores ávidos y avezados que se les vendrá encima”. Con el pretexto de estar llevando a cabo un acto de amor y profundamente moral hacia la figura sagrada del niño como “persona que sabe y elige”, los profesionales del marketing crean en el niño “un estado de insatisfacción perpetua a través de la estimulación del deseo de novedad y de la redefinición de lo precedente como basura inservible”. Bauman se refiere, una y otra vez, a “los profesionales del marketing” casi como si se tratara de un verdadero complot contra la humanidad. Bauman cita un trabajo de James McNeal sobre la influencia de los niños norteamericanos en el consumo de sus padres (es decir, niños que son consultados, que aconsejan, o imponen una compra determinada). Unos 300 mil millones de dólares, gastados por “influencia infantil”, sólo en 2002. Por si fuera poco, “McNeal también afirma que uno de cada cuatro niños y niñas ha visitado ya alguna tienda sin ir acompañado de sus padres antes de alcanzar la edad de inicio de la educación primaria, y que la edad mediana a la que se comienza a ir de compras de manera independiente es a los ocho años”. Así, el niño consumista se prepara para el gran salto hacia una vida líquida: la venta de sí mismo. El niño consumista no sólo se vende en persona sino que aprende a ver todas las relaciones interpersonales en términos de mercado (incluidos amigos y familiares). EL AMOR LIQUIDO O LA COMEZON DEL SEGUNDO AÑO En Vida líquida, Bauman repite algunos argumentos de trabajos anteriores (especialmente, Globalización. Consecuencias humanas, Modernidad líquida y Amor líquido, los tres disponibles en Fondo de Cultura Económica). En el prólogo a su Amor líquido, Bauman escribe: “En nuestro mundo de rampante individualización, las relaciones son una bendición a medias. Oscilan entre un dulce sueño y una pesadilla, y no hay manera de decir en qué momento uno se convierte en la otra. Casi todo el tiempo ambos avatares cohabitan, aunque en niveles diferentes de conciencia. En un entorno de vida moderno, las relaciones suelen ser, quizá, las encarnaciones más comunes, intensas y profundas de la ambivalencia. Y por eso, podríamos argumentar, ocupan por decreto el centro de atención de los individuos líquidos modernos, que las colocan en el primer lugar de sus proyectos de vida”. Los problemas del amor líquido no son otros que los de la vida líquida. En el mismo capítulo que se ocupa del niño consumista, Bauman hace un repaso por la cuestión del amor. ¿Qué tienen para decir “los expertos” del amor en la era de la modernidad líquida? En un número reciente del Observer Magazine, el Dr. John Marsden, un especialista en adicciones, comentaba un “descubrimiento científico” según el cual, lo que “llamamos enamorarse o estar enamorados se reduce a una mera excreción de oxitocina”, una sustancia química que nos permite disfrutar intensamente del sexo. Si hay atracción física, el cerebro libera un cocktail químico que activa la dopamina, haciéndonos sentir felices y enamorados. “El problema, no obstante, es que la droga en cuestión se produce sólo durante un tiempo limitado.” ¿Cuánto? Unos dos años. “Ese es el tiempo que, más o menos, han durado todas las relaciones serias que he tenido”, informa el columnista. Entonces, el amor dura, con suerte, dos años. No sólo eso, además, es una droga: “Todo era una cuestión de química, tonto”, agrega Bauman, con sarcasmo. En el actual escenario de vida líquida, el Dr. Marsden es bien recibido por los lectores, necesitados de una absolución de culpas tras una ruptura: “No te preocupes, a todos nos pasa”. El contexto líquido favorece la fragilidad de los vínculos humanos, haciendo del amor un objeto de consumo como cualquier otro: “Ni esos dolores morales surgirían con tanta frecuencia, ni haría falta recurrir al engaño de forma tan habitual si el mundo fuera menos líquido, es decir, si no cambiara tan rápidamente, si los objetos de deseo no envejecieran en él tan pronto ni perdieran su encanto a una velocidad tan vertiginosa, si la vida humana (más duradera que la vida de prácticamente cualquier otro objeto) no tuviera que ser dividida en una serie de episodios independientes y de nuevos comienzos. Pero ese mundo no existe y las probabilidades de que los lazos interpersonales se vean exentos de las pautas consumistas (que son cognitivas además de conductuales) son ínfimas”. Son dolores morales; y tomemos la decisión que tomemos, Bauman nos asegura que no haremos más que acumular más problemas. Hay algo del último Mario Bunge en Bauman, quejándose de todo y de todos. Una paranoia, a fin de cuentas, líquida. © 2000-2007 www.pagina12.com.ar|República Argentina|Todos los Derechos Reservados

EL OLVIDO DE LA RAZON Juan José Sebreli

Contra el posmodernismo EL OLVIDO DE LA RAZON Por Juan José Sebreli-(Sudamericana)-416 páginas-($ 39) Cuando los primeros filósofos modernos se apresuraron a celebrar el triunfo de la "luz natural" de la razón ante la "luz Sobrenatural" y la Oscuridad, no sabían cuán breve sería su reinado. Inoculado hacia fines del siglo XIX, el irracionalismo proliferó a lo largo de todo el siglo XX debilitando la razón moderna hasta llevarla al borde de la muerte. Este es el cuadro de situación que Juan José Sebreli presenta en El olvido de la razón , su último libro. El texto consiste en un recorrido por la filosofía del siglo XX (y de una pequeña parte de la del XIX), con especial atención en aquellos autores a los que Sebreli considera "irracionalistas". En el "Prólogo" advierte: "No haré un análisis exhaustivo de toda la obra de esos autores, sino que me detendré en aquellos pasajes pertinentes al objetivo propuesto". Como es habitual en sus libros, el autor no se limita a exponer y discutir ideas, sino que toma una posición y desde ella ataca enérgicamente. Por momentos, el libro se transforma en una suerte de estrado judicial por el que desfilan diferentes acusados, a los que el fiscal de la razón, Sebreli, va leyéndoles los cargos que se les imputan. Ahora bien, contrariamente a lo que pueda esperarse de un autor que se propone defender a la razón, Sebreli no sólo analiza ideas, sino que se vale de todo recurso que le permita desprestigiar a sus oponentes. Así, no duda en dar a textos marginales en la producción de un autor el mismo peso que a sus obras consagradas o en apelar a las consecuencias políticas de un concepto tanto como a la vida privada (y, en algunos casos, íntima) de un filósofo si con eso consigue desacreditarlo. El principal acusado es, sin dudas, Friedrich Nietzsche. Seductor de literatos y artistas que contribuyeron a su expansión, ídolo de las "eternas juventudes rebeldes" (entre las que el autor destaca a las Juventudes hitlerianas, los beatniks, los punk y "los rockeros neonazis o neoanarquistas"), Nietzsche fue el gran responsable, al mismo tiempo, de alimentar el fundamentalismo facista y nazi y de introducir el "relativismo ético" (que Sebreli no distingue del perspectivismo) que imperaría luego con los filósofos posestructuralistas franceses. "El nietzscheanismo de izquierda -afirma Sebreli-, para blanquear al maestro, acostumbra resaltar algunas frases contrarias al antisemitismo y a los alemanes; sin embargo no es difícil [...] hallar otros tantos aforismos de signo contrario". Esto es, precisamente, lo que el autor hace en el capítulo que le dedica al pensador alemán. Pero "su" Nietzsche no sólo es decididamente antisemita, partidario del darwinismo social, responsable del uso que, de expresiones suyas, hayan hecho personajes como Hitler o Mussolini, sino que, además, se le imputa inconsistencia entre su pensamiento y su obra. En efecto, "el escritor agresivo que predicaba la crueldad fue en privado un hombre amable y de buenas maneras"; el autor que escribía con dureza acerca de las mujeres, mantenía con ellas "relaciones asiduas y cordiales", aunque, nos informa Sebreli siguiendo a Curt Paul Janz, "jamás tocó a una mujer". La labor de difusión de Nietzsche realizada por Martin Heidegger y el compromiso de éste con el nazismo (que, apoyándose en el conocido texto del filósofo chileno Víctor Farías, Heidegger y el nazismo , para Sebreli afectó tanto a su vida como a su obra) resultan elementos más que suficientes para que se lo considere un enemigo de la razón ilustrada. Pero el autor añade a ellos la introducción en la filosofía de un lenguaje "deliberada e innecesariamente difícil, críptico; una jerga donde no se sabía si se quería decir algo o todo lo contrario, o tal vez nada". El manifiesto rechazo de Heidegger a la vida en las grandes urbes y su defensa de la comunidad rural son otras inequívocas señales para Sebreli de su antimodernismo. También el psicoanálisis es obligado a reconocer su cuota de responsabilidad en el descrédito de la razón. Portador de una ambigüedad presente en el propio Freud, que oscilaba, según el autor, entre un lado científico y uno romántico, el psicoanálisis esconde, tras su aparente cientificidad, arbitrariedades, interpretaciones circulares, inferencias tomadas del sentido común. Lejos de haberse avanzado en la fundamentación científica, "la falta de rigor, la arbitrariedad y la improvisación aumentaron en proporción directa al crecimiento del número de analistas y pacientes". Ya el propio Freud (que además de cargar con "defectos" propios padece de la influencia de Nietzsche) ejercía un control autoritario entre sus colaboradores e imponía una disciplina que acercaba al psicoanálisis "más a una secta esotérica que a una comunidad científica". Sebreli añade, como cuestionamiento, el fracaso en los resultados terapéuticos. Para ilustrar esto recorre casos en los que pacientes supuestamente curados por el psicoanálisis reconocen haber sufrido recaídas; pone en evidencia manipulaciones de historias clínicas realizadas con los fines de que la teoría psicoanalítica se viera fortalecida; menciona varios suicidios célebres de pacientes de Freud o de sus sucesores. Obviamente, Sebreli reconoce que hay pacientes que experimentan mejoras tras la terapia. Sin embargo, sostiene, "los supuestos éxitos de las terapias analíticas tampoco probarían la bondad del psicoanálisis, ya que nunca se sabrá si la cura se debe al análisis o a otras circunstancias; es difícil conocer todas las variables que pudieron interactuar con el tratamiento". Lo curioso de esta afirmación es que parece no valer para el autor cuando se habla de "ejemplos" del fracaso de la terapia: si la cura no alcanza para probar la eficacia del análisis, tampoco el suicidio de un paciente debería mostrar su ineficacia. Además de los intelectuales mencionados, por el estrado de Sebreli desfilan Lacan, Lévi-Strauss, Barthes, Deleuze, Althusser, Derrida y Foucault. El olvido de la razón es un texto que no puede ser recorrido pasivamente. La contundencia con la que Sebreli se expide sobre algunos de los máximos referentes de la cultura del siglo XX más que cerrar la discusión la alimenta. Cada capítulo convoca a una relectura de esos autores; cada página es una provocación al pensamiento. Gustavo Santiago © LA NACION http://www.lanacion.com.ar/edicionimpresa/suplementos/cultura/nota.asp?nota_id=858036 LA NACION | 12.11.2006 | Página 7 | Suplemento Cultura Copyright 2006 SA LA NACION | Todos los derechos reservados

LAS TRAMPAS Por María Carman

Sobre el espacio urbano LAS TRAMPA Por María Carman (Paidós)-272 páginas-($ 32) Durante los últimos años, la palabra "ciudad" ha comenzado a definir un campo de estudios propio. Arquitectos, antropólogos, geógrafos, sociólogos, economistas y filósofos entrecruzan sus análisis para reflexionar sobre la cultura generada a través del vínculo que une -para retomar la fórmula de Richard Sennett- "carne y piedra". La lógica urbana expresa tanto los modos de ciudadanía como las perspectivas de transformación de lo público. La grilla urbana exhibe de ese modo la trama de exclusiones e inclusiones sobre la que se construye una democracia. Con estas premisas, la antropóloga María Carman analiza, en Las trampas de la cultura, las transformaciones que sufrió en los últimos años el barrio porteño del Abasto. Su recorrido por esas calles se inició en 1993, nueve años después de la clausura del mercado. Desde entonces, en esa zona, se fueron definiendo los efectos de políticas públicas que cercenaron el derecho al espacio urbano de los sectores populares. La excusa -y de allí lo provocativo del eje de la investigación- fue la cultura. Tras la instalación del actual shopping, las expulsiones se produjeron, justamente, en nombre de la memoria cultural del barrio. Carman parte de la historia del Abasto, de sus primeros años, estrechamente ligados a los distintos grupos de inmigrantes y a la construcción del mito de Carlos Gardel. Actualmente -intuye-, detrás de la supuesta recuperación de la memoria de esas manzanas históricas, se esconde la falsa promesa de una vuelta a la felicidad perdida: la de un pasado mitificado que oculta las tensiones del presente. Mientras la clase media, en los años 90, tomó el proyecto del reciclado del barrio como una excusa para el despliegue de sus fantasías de ascenso social, surgió un espíritu superficialmente celebratorio de un multiculturalismo atento a las variedades gastronómicas, pero que insiste en la estigmatización de los inmigrantes peruanos y bolivianos. El proceso de estetización sólo alcanza, según Carman, para legitimar la lógica del barrio cerrado y el placer estable. Junto a los argumentos de la seguridad y a los de tinte ecologista, que proponen reemplazar terrenos ocupados por espacios verdes, la cultura se transforma en una fuerza expulsiva y no en un mecanismo de integración. Contrariamente a los habitantes de las villas miseria las personas que viven en casas tomadas son vistos como pobres ilegítimos y cargan con un estigma social aún mayor. Carman cree que hay un motivo principal para que esto ocurra: quienes habitan casas en el centro de la ciudad ocupan espacios de un valor económico superior que quienes construyen sus viviendas en terrenos generalmente periféricos. A aquella ilegalidad originaria se agrega el estar fuera de la ley -locutorios truchos, adicción a drogas, inmigrantes sin papeles-, que terminan por definir una progresiva invisibilidad de estas personas. Este ocultamiento fue paralelo al del espíritu festivo con que se produjeron los cambios. Se le puede objetar a la autora la utilización de una noción limitada de lo estético -como si se tratara meramente de operaciones de embellecimiento-, que deja de lado la capacidad revulsiva del arte. Sin embargo, Las trampas de la cultura llega en un instante clave: cuando distintas investigaciones comienzan a poner en duda los supuestos beneficios que, por simple contagio, impondría el reciclado de zonas urbanas hasta entonces postergadas y cuando la interdependencia de las clases sociales es una evidencia que muchos prefieren tornar -también- invisible. Cecilia Macón © LA NACION http://www.lanacion.com.ar/edicionimpresa/suplementos/cultura/nota.asp?nota_id=858082 LA NACION | 12.11.2006 | Página 06 | Suplemento Cultura

Autoanálisis de un sociólogo, Pierre Bourdieu

Juez y parte En medio de las disputas por su legado intelectual, Pierre Bourdieu interviene de forma póstuma mediante un agudo análisis escrito durante sus últimos meses de vida en los que se somete él mismo como objeto de estudio. Por Cecilia Sosa Autoanálisis de un sociólogo Pierre Bourdieu Editorial Anagrama 153 páginas La polémica Pierre Bourdieu (1930-2002) está más viva que nunca. A casi cuatro años de la muerte del sociólogo más leído en Francia (y tal vez en el mundo) y mientras no mengua la disputa por su herencia intelectual, acaba de publicarse en castellano un curiosísimo libro donde el propio Bourdieu interviene póstumamente en favor de su causa. Se trata de Autoanálisis de un sociólogo, un ensayo escrito entre octubre y diciembre del 2001, como ampliación de su última clase ante el prestigiosísimo Colegio de Francia, donde el francotirador más temible de las fortalezas del sentido común, radicalmente antiacademicista y activista político tardío, hace algo inédito: pone a prueba su obra teórica convirtiéndose él mismo en objeto de estudio. El resultado es un escrito vibrante, tan lejos de la frialdad de las memorias como de la voluntad pacificadora del testamento. Plagado de paréntesis (y dobles paréntesis), aclaraciones, imágenes avasallantes, sueños e insomnio, simpatías, deudas y furias, el breve libro resulta no sólo un trabajo crítico sorprendente sino también un extraño diario íntimo de altísimo vuelo científico e intelectual. El escrito es aún más notable si se tiene en cuenta el conocido desdén de Bourdieu por el género autobiográfico, al que tilda de artificial e ilusorio. “Esto no es una autobiografía”, señala, por las dudas, y a tiro de fuego de eventuales biógrafos y comentaristas en el mismísimo epígrafe inaugural. Bourdieu no empieza su autoanálisis con sus padres junto a la cuna sino en los pasillos y clases de la Ecole Nórmale Superior, la cúspide de la intelectualidad francesa de la época, donde el autor ingresó en los ’50 como estudiante de Filosofía. Un mundo académico cerrado y homogéneo, tan aislado de la realidad como fascinado por la figura de Sartre y el mito de intelectual total, libre de máculas sociales, con el que Bourdieu confrontaría toda su vida. El sociólogo no escatima ironías para consignar su desprecio por toda aquella aristocracia intelectual nutrida de “niños prodigio por decreto” y ligeros de “saberes positivos”, pero no por ello menos convencidos de formar parte de una “especie superior”. Pero fue la experiencia argelina la que operó en Bourdieu como verdadera ruptura epistemológica. Allí llegó en 1955 para cumplir con el servicio militar, rechazando el cargo de oficial que le ofrecían por pertenecer a la elite intelectual, y permaneció hasta el golpe pro colonialista como adjunto en la Facultad de Artes de Argel. Fue allí donde escribió Sociología de Argelia (para explicar a la izquierda francesa qué sucedía en un país del que se ignoraba todo), y también donde realizó sus primeras investigaciones etnológicas que marcaron para siempre su vocación por los archivos, la observación de rituales, la fotografía, las grabaciones clandestinas y las incursiones en el “campo” en condiciones de peligro extremo. Bourdieu regresó al París de los ’60 con su visión del mundo transformada y un pasaje de la filosofía a la sociología ya definitivo. Sin embargo, también señala otro proceso como operador de su “conversión”: su voluntad de explicarse la soltería de los primogénitos mayores de 30 en la campiña francesa, su tierra natal. Una pregunta que dio pie a una sorprendente investigación en tres tiempos, que atravesó toda su vida y que desembocó en un refinado análisis de la dominación cultural, publicado dos meses después de su muerte en El baile de los solteros, un maravilloso libro que muestra su pasaje de una fenomenología afectiva a un compromiso total con la investigación empírica. Bourdieu atribuye a la afición flaubertiana de “vivir todas las vidas posibles” su interés por los mundos sociales más diversos que lo alejaron más y más del canon de la época por entonces hechizado por Bataille, Artaud y Blanchot, y aun por su amigo y colega Michel Foucault, a quien dedica largas páginas para explicar sus diferencias. El final del libro es sorprendente: Beárne, su pueblito natal, tan ignoto que despertaba las burlas de sus compañeros. Allí encuentra Bourdieu explicación a sus aires de “tránsfuga”, su timidez agresiva y de brutalidad enfurruñada que años después tanto disonarían en los rituales académicos. En sus años de internado, una “tremenda escuela de realismo social”, el autor confiesa haberse iniciado en la traición, el racismo de clase inspirado en el aspecto y el apellido, y también en el rugby, sólo para que el éxito escolar no lo excomulgara de la comunidad de los viriles. “El que ha conocido el internado, de la vida, a los 12 años, ya lo sabe casi todo”, ironiza Bourdieu citando nuevamente a Flaubert. Esa tensión entre origen humilde y alta consagración escolar confiesa Bourdieu que lo alumbró de por vida y que resulta inseparable de muchas de sus afinidades teóricas. Afinidades que enumera con extraña delicadeza: la ausencia de todo desdén por las minucias de lo empírico, la atención por los objetos humildes, el rechazo por toda forma de happening, la vocación por las historias de asistentes sociales, maestros y oficinistas; y el cultivo de un aristocratismo de la discreción. “Siempre me las arreglé para dejar las contribuciones teóricas más importantes en los incisos o en las notas al pie de página”, advierte a sus jóvenes lectores. En fin, Autoanálisis de un sociólogo es un libro revelador que, amén de ahuyentar eventuales biógrafos, conmueve en su intento, irremediablemente frágil, de saldar para siempre aquellas lecturas que puedan hacerlo inmortal.

100 ideas (Sudamericana) MARIO BUNGE

Bunge básico MATEMATICO. BUENOS AIRES 1919 Se doctoró en ciencias físicomatemáticas, obtuvo quince doctorados honoris causa y pertenece a cuatro academias. Fundó la Universidad Obrera Argentina, la revista Minerva, la Society for Exact philosophy y la Asociación Mexicana de epistemología. Escribió más de cincuenta libros sobre ciencias y filosofía y muchos de ellos fueron traducidos a doce lenguas. Entre ellos se destacan: Crisis y reconstrucción de la filosofía; Diccionario filosófico. Así escribe: Trampas de las pseudociencias Una pseudociencia es un montón de macanas (sandeces) que se venden como ciencia. Ejemplos: alquimia, astrología, caracterología, comunismo científico, creacionismo científico (recientemente rebautizado como "diseño inteligente"), grafología, memética, ovnilogía, parapsicología, psicoanálisis. ¿Cómo se reconoce una pseudociencia? Se la reconoce por poseer al menos dos de las características siguientes: 1. Invoca entes inmateriales o sobrenaturales inaccesibles al examen empírico, tales como fuerza vital, alma inmaterial, superyó, creación divina, memoria colectiva y necesidad histórica. 2. Es crédula: no somete sus especulaciones a prueba alguna. Por ejemplo, no hay laboratorios homeopáticos ni psicoanalíticos. Corrección: en la Universidad de Duke funcionó el laboratorio parapsicológico del botánico J. B. Rhine; y en la de París existió el laboratorio homeopático del Dr. Benveniste. Pero ambos fueron clausurados cuando se descubrió que habían cometido fraudes. 3. Es dogmática: no cambia sus principios cuando fallan ni como resultado de nuevos hallazgos. No busca novedades, sino que queda atada a un cuerpo de creencias. Cuando cambia lo hace sólo en detalles y como resultado de disensiones en la grey. 4. Rechaza la crítica, matayuyos normal en la actividad científica, alegando que está motivada por dogmatismo o por resistencia psicológica. Recurre pues al argumento ad hominem en lugar del argumento honesto. 5. No encuentra ni utiliza leyes generales. Los científicos, en cambio, buscan leyes generales. 6. Sus principios son incompatibles con algunos de los principios más seguros de la ciencia. Por ejemplo, la telequinesia contradice el principio de conservación de la energía. Y el concepto de memoria colectiva contradice la perogrullada de que sólo un cerebro individual puede recordar. 7. No interactúa con ninguna ciencia propiamente dicha. En particular, ni psicoanalistas ni parapsicólogos tienen trato con la neurociencia. A primera vista, la astrología es la excepción, ya que emplea datos astronómicos para confeccionar horóscopos. Pero toma sin dar nada a cambio. Las ciencias en sí forman un sistema de componentes interdependientes. 8. Es fácil: no requiere un largo aprendizaje. El motivo es que no se funda sobre un cuerpo de conocimientos auténticos. Por ejemplo, quien pretenda investigar los mecanismos neurales del olvido o del placer tendrá que empezar por estudiar neurobiología y psicología, dedicando varios años a trabajos de laboratorio. En cambio, cualquiera puede recitar el dogma de que el olvido es efecto de la represión, o de que la búsqueda del placer obedece al "principio del placer". Buscar conocimiento nuevo no es lo mismo que repetir o siquiera inventar fórmulas huecas. De: 100 ideas (Sudamericana)

Volver a leer (Edhasa),Mempo Giardinelli

Volver a leer (Edhasa) encierra unas cuantas sorpresas: contra el escepticismo o la mirada apocalíptica para la que todo está perdido, en este ensayo Mempo Giardinelli analiza con optimismo y cautela los avatares reales del libro y la lectura en Argentina. Una propuesta que, más allá de la voluntad, debería ser tomada muy en cuenta a la hora de resolver problemas concretos.