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Alfonsín, un hombre decente que se resiste a escribir sus memorias
Julio Blanck
Los amigos le querían hacer una fiesta grande. Habían pensado en el Luna Park, que más de una vez había sentido estremecer sus paredes legendarias bajo el grito de su apellido sonoro, en tiempos de fervores populares ya demasiado lejanos. Querían invitar a estadistas y líderes extranjeros para que vinieran hasta el fin del mundo a congratular a uno de sus pares, el único de estas latitudes al que aceptan en sus clubes selectos. Pero él no quiso saber nada. Pudoroso, se excusó de esos halagos con un argumento imposible: "Para qué vamos a hacer tanto lío por una fecha familiar".
Raúl Ricardo Alfonsín cumplió 80 años. Sigue viviendo en el viejo departamento de la avenida Santa Fe que tiene desde antes de haber sido presidente y es, como siempre, un hombre decente. Para alguien que llegó a las alturas a las que llegó él, en este país, eso que debería ser común resulta absolutamente excepcional. No es necesario hacer nombres: cualquiera sabe qué resultado arrojan las comparaciones en este terreno.
Viendo las imágenes del finalmente sobrio festejo que le hicieron sus amigos noches atrás, a Alfonsín se le notan algunas señales del paso del tiempo en la carrocería. Pero su motor funciona a pleno y su verbo sigue tan filoso como cuando sacudía multitudes desde arriba de una tarima, en aquel breve tiempo en que la política y los sueños de la mayoría volvieron a vivir un romance intenso, incendiario, del que demasiado pronto sólo quedaron cenizas.
Dijo, esa noche, que llegaba a los 80 sin odios ni rencores, y que seguía haciendo planes para el futuro. Cuando a alguien lo homenajean no es elegante andar hurgándole la exactitud de sus dichos, así que vamos a dar por buenas esas palabras de Alfonsín. Es probable que no tenga odios ni rencores, pero seguro que mantiene viejos enconos y la furia que los años no consiguieron limar. Esa furia hoy se le despierta cuando habla de los correligionarios que andan medio flojos de convicciones y tienen el oído fácil a la seducción de poderes y billeteras ajenas.
Alguna vez le dejaron en depósito todas las ilusiones de una sociedad devastada y, la verdad sea dicha, salió maltrecho de aquel compromiso fenomenal. Pero supo conservar indeleble el respeto de sus conciudadanos, que es más de lo que muchos de su especie pueden mostrar.
En el debe y haber, después de más de medio siglo en la política, Alfonsín acumula una colección de errores, que la gente se ha encargado de facturarle puntualmente; pero también unos cuantos aciertos gruesos, por los que también le facturan sin olvido, sólo que en este caso la cuenta se la pasan los representantes del poder permanente.
En cuanto a sus planes para el futuro, basta con echarle un vistazo a la actualidad. Con las mismas artes de prestidigitador con que supo propinarle al peronismo la primera derrota electoral de su historia; y más tarde prohijar la Alianza que arrolló al menemismo después de haber pactado con Menem en Olivos, ahora Alfonsín apuntala —a costa de tragarse algunos disgustos— la candidatura de Roberto Lavagna buscando darle sobrevida a un radicalismo que hace rato boquea en agonía.
Esa agonía es también la de la política entendida como Alfonsín la entendió siempre, inspirada en un afán de justicia y libertad, pero tarde o temprano contaminada de viejas mañas, corrupciones, deslealtades y clientelismo. Una política, aquella de Alfonsín, llena de los vicios de su época, pero que no necesitaba de políticos haciéndose los graciosos en la tele, posando en las fotos como artistas de farándula o diciéndole a cada audiencia exactamente lo que esa audiencia quería escuchar, remedando a Groucho Marx cuando decía "estos son mis principios, si no le gustan tengo otros".
Aquella forma de hacer política se reveló impotente para cumplir sus propósitos e incapaz de reciclarse en formas más dinámicas, transparentes y eficaces. Y nos dejó como herencia esta política de hoy, donde la chequera tritura las ideas y no es fácil encontrar políticos que resistan una investigación patrimonial.
Pero Alfonsín, a sus 80, se resiste a escribir sus memorias. Y sigue creyendo. Al final, de esa materia están hechos los sueños.
Felicidades, doctor.
http://www.clarin.com/suplementos/zona/2007/03/18/z-03501.htm
