Noticias

La Matanza o la vida, Alicia Dujovne Ortiz

La Matanza o la vida
Por Alicia Dujovne Ortiz
Para LA NACION


Las versiones son varias. El nombre de ese partido del conurbano, convertido en la tercera "provincia" del país, con su población de cuatro millones de habitantes, en general paupérrimos, se originaría en una masacre de indígenas perpetrada por Mendoza en 1536, o por Garay en 1580, o en una matachina de ganado alzado o de perros cimarrones, sin fecha precisa.

Sea como fuere, antes de iniciar su incursión al territorio de una matanza que no cesa, aconsejo al viajero la lectura de Lomas del Mirador, diccionario temático de voces , del poeta Luis Tedesco, que le permitirá bucear en un pasado matancero reciente pero perdido. En ese libro feroz, desesperado e inclasificable, Tedesco, originario del lugar, evoca la "quimera" del padre trabajador -hacerse la casita con la parra en el fondo- y la "leyenda" de los pibes que alguna vez jugaron en el "barro inicial de las lagunas", antes de que todos ellos se convirtieran en "ex padres" o en "ex muchachos", y el potrero, en basural.

Mi propios viajes comenzaron con una amable invitación. Hernán Monath, que trabajó durante años en una ONG y que ahora lo hace en la gestión pública, y la periodista Kiwi Sainz me habían propuesto acompañarlos a la plaza de Gregorio de Laferrère, donde proyectarían al aire libre una película argentina. Ya habían hecho lo mismo en otras localidades vecinas: Virrey del Pino, González Catán, Isidro Casanova, Ciudad Evita.

Por el camino de ida, unos verdosos monoblocks indicaban el pasaje hacia el país de enfrente, como marcado por una línea invisible y hasta por un cartel donde pudiera leerse: "Aquí, pobres". Es el barrio de Villegas, del que muchos pobladores han tenido que huir a causa de los tiroteos, el día en que llegaron para quedarse los desplazados de Fuerte Apache.

Por contraste, la plaza de Laferrère contenía esa noche todo lo que se puede soñar: calesita, juegos, pochoclo, copos de nieve, una multitud adolescente entre la que se destacaba un par de quinceañeras vestidas a la moda "gótica", de gasas negras, cruces, calaveritas, ojeras embetunadas y aires ingenuamente siniestros, y, para completarla, cine.

Hernán y Kiwi me contaron que el público asistente llamaba a la pantalla "la tele grande", porque jamás había visto una película en una sala de proyecciones. Algunos de los que todavía se acordaban habían pedido una de Libertad Lamarque. Además de esta "recuperación del espacio público", Hernán está organizando una red virtual, "el sitio hecho por vos" (www.proyecto-m.org) , para que los jóvenes de La Matanza se conecten entre sí y con los otros, en esa lengua de adolescente en que lo importante no es la ortografía, sino la comunicación. A esta "tecnología de la amistad" se le sumará la producción de una película, realizada por los chicos de las escuelas.

Estábamos tomando una cervecita en un bar, mirando los autos abollados repletos de familias que daban la vuelta al perro, alrededor de la plaza, cuando se nos acercó un grandote eufórico al que me presentaron como "el quiosquero que les habla a los guardiacárceles de Spinoza y Deleuze". Darío Aranda dijo una sola frase: "En esta plaza, los pibes pueden quedarse hasta cualquier hora porque acá no entra el paco". Bastó para que le pidiera sus datos y lo fuera a ver.

El supuesto quiosco resultó un enorme edificio levantado en medio del barrio Cooperativo San José Obrero, que no es una villa, porque entre las casas hay calles y no pasillos. La historia de Darío merece ser contada, a ver si se reproduce por miles. Este enfermero del servicio de Salud Mental del Hospital Paroissien, en el kilómetro 21, pudo formarse en Chile gracias al Grup Igia de Barcelona, dentro de un proyecto titulado "Reducción del daño" y basado en la premisa: "Toda persona existe en función de su potencialidad y no del daño que presenta".

"Ahí ya no se hablaba de drogadictos ni de alcohólicos sino de personas -me contó-. A mí se me abrió un mundo. Las campañas de no a la droga nunca me habían cerrado. ¿Cómo se puede empezar por decir que no? ¿Vos mandarías a tu hijo a jugar al fútbol a un lugar que se llame Secretaría de Adicciones?" A su regreso, después de haber asimilado "conceptos tangibles, no a partir de un ideal, sino de lo que se tiene", Darío decidió salir a la calle, por el barrio, de noche, para buscar chicos. Gladys, su mujer, lo había prevenido: "Si no encontrás alguno, no volvés a casa".

A las 23 horas ya había dado con quince bandas agresivas, de las que pelean por el territorio y se distinguen por la ropa (jogging con capucha versus remera y pantalón anchos), o por la música: los bailanteros, más dados al alcohol, o los reggies , heavy y stones , que consumen droga; dos identidades a las que, en general, se conoce como cumbieros y rockeros. El tercer signo de identificación es el lenguaje carcelario, que incluye la peor de las ofensas, "cabeza de gato" (el que en la cárcel ha hecho de mujer). "La banda, estructurada alrededor de un líder, está obligada a «bardear», vale decir, a alardear, moverse, gritar, insultar -me explicó Darío-. Si no, no existe como banda. En los barrios, el 70 por ciento de los chicos se identifica con alguna. Sólo un pequeño porcentaje forma el grupo de los «ni», que no responden a ningún modelo."

Darío se les acercó a charlar. Desconfianza inicial: "¿Y vos qué sos: cana o evangelista?". Había que encontrar el "dentre" para despertar su interés. No fue difícil: era el tema sexual, del que los chicos nunca habían hablado con ningún adulto. Cuando logró reunirlos en una primera asamblea, en la Unidad Sanitaria de San José Obrero, los padres llamaron a la policía. Al llegar, los agentes de la bonaerense se hallaron ante un espectáculo inusitado. Sentaditas en el suelo, bandas irreconciliables escuchaban atentas las normas de convivencia que deberían regir en sus futuros encuentros: respeto de las diferencias (que el hardcore aceptara al bailantero); no traer objetos robados; no traer drogas.

¿Cómo lo consiguió? "Si tenés el contacto con el líder, ya está el trabajo hecho". A partir de ahí, sólo queda impulsarlos a crear una organización autogestionada que les permita juntar plata para el fútbol o la banda de música. "Eso sí: la plata no debe venir «de arriba», sino, por ejemplo, de rifas." ¿Y del trabajo? Darío se sonríe: "El que trabaja o estudia no forma parte de la banda. Lo que nosotros hacemos con la banda sirve para destruirla. El año que viene, éstos ya no estarán en el quiosco, sino terminando la secundaria".

Para ir empezando, se les da a elegir. "Boliches, shoppings , viajes, vida; ver y tocar la realidad; saber que hay otro mundo además de San José Obrero -enumera Darío-; enterarse de que pueden pasear por Puerto Madero o tomarse un heladito en Pilar; destruir el imaginario de la imposibilidad, por más que alguno se me empaque ante la puerta de un restaurante, diciendo que él no entra porque eso es para la gente de plata.", hasta que se le demuestra que negarse el permiso equivale a oír el eco dentro de una caverna cuando gritamos "¡no!".

Le objeto que la pobreza es objetiva. "Sí, pero también se hereda. Son generaciones de pobres, un ciclo social perverso que nosotros llamamos VEVE: vulnerabilidad, exclusión, violencia, enguetamiento. Tenemos a un antropólogo, Alberto Bielakowski, que nos da una mano con lo que él llama «ventanitas», acciones para romper con el gueto y terminar con la resistencia al cambio". ¿A los chicos les resulta imposible conseguir trabajo porque todos tienen antecedentes policiales (a menudo, por el simple delito de portación de cara o de ocupación de esquina), o porque ningún empleador los contratará si dan la dirección de su barrio? El quiosco de Darío "arregla" los antecedentes, facilita domicilios de profesores y amigos.

Y previene: "Hace un tiempo, avisé que se estaban organizando bandas armadas. Me contestaron que deliraba, que me creía en Bogotá. Y bueno... Ahora ya hay motochorros en el barrio Sur, en Flores, en Caballito. Bastaba ver a algunos pibes para darse cuenta de lo que iba a pasar".

Le pregunto por qué me dijo, la noche del cine, que en Gregorio de Laferrère no entraba el paco. "Porque acá está mal visto, igual que el pegamento. Es una mala práctica para estos pibes; es como ser menos, como estar en lo último. Nosotros les decimos que entre la marihuana y una botella de vino, es preferible el vino. ¿Habrá sido por eso, por nosotros? No sé; no se lo puedo decir."

Le pregunto qué es el paco. "Residuo de purificación de la cocaína, mezclado con residuo del óxido de adentro de los tubos fluorescentes y con solventes. A los tres meses de tomarlo..." Puntos suspensivos.

Le pregunto qué es eso de los guardiacárceles a los que él les habla de Spinoza. Se ríe. "De Spinoza y de Echeverría", aclara. Ha seguido cursos de coaching ontológico, técnica normalmente utilizada para gerentes de empresa, pero que él "refritó" para relajar a esos hombres del Servicio Penitenciario Federal de Ezeiza y ofrecerles alternativas que generaran una realidad distinta. Darío y sus profesores les levantan la autoestima y, pese a la oposición de los más rígidos, los de musculatura más contraída, los hacen bailar el "meneadito" y tocarse las manos. Hasta el día en que el menos tierno de todos se les largó a llorar y preguntó entre hipos: "¿Tengo potencialidades? ¿Les parece que podré cambiar?".

Ya me iba cuando se me ocurrió preguntarle de dónde salió la plata para semejante salón de uso múltiple, con cancha de techo cubierto, donde se dan talleres, cursos; donde se practica deporte, y desde donde grupos de adolescentes viajan a Mar del Plata, a conocer, además de las olas, las maravillas de un baño con bañera. Es una historia larga que incluye al GTZ -una asociación alemana-, y a otra asociación de Pérez Esquivel llamada Proamba, y al gobierno de la ciudad. Una historia que comenzó en 1997 y que acaba de empezar: "La próxima nos vamos a Calafate. Si el Presidente va, ¿nosotros por qué no?".

Era casi la medianoche cuando salí de allí, con un enorme ramo de rosas rojas y una cajita celeste confeccionada por las chicas que esperaban afuera. Por su fragilidad, por su candor, me recordaron a las pequeñas góticas de la noche del cine. A ese recuerdo se le juntó este otro: aquella noche, tres nenes de entre cinco y ocho años atravesaron la calle, agarraditos de la mano y tironeados por la mayor, que se apuraba por llegar a las luces de la plaza. Parecían tres brotes en una rama. In mente les mandé tres deseos: "Que alcancen la calesita; que se saquen la sortija; que nadie les frene el envión". Midiendo las cosas con optimismo, quedarían unos tres años para la primera y unos seis o siete para los otros dos, antes de que, como diría el poeta Tedesco, se conviertan en ex chicas y en ex muchachos.

Tiempo suficiente para reducir el daño, a condición de hacerle un coaching ontológico al país, a ver si se sale de la caverna donde el eco ya está cansado de repetir que es tarde.

Más noticias